Tras eso andaba yo suspirando, encadenado no con hierro extraño, sino con los hierros de mi propia voluntad. Se había apoderado de mi voluntad el enemigo y me había hecho con ella una cadena y me apretaba fuertemente. Y es que de la voluntad perversa nació la pasión, de la esclavitud de la pasión nació el hábito y de la no resistencia al hábito nació la necesidad. Y con esta especie de eslabones, trabados entre sí - por eso la he llamado cadena -, me tenía aherrojado una dura esclavitud.
— San Agustín, (Confesiones VIII, 4)